Por Julio César Bautista Téllez, Gabriela Fuentes Cervantes, Jorge Luis de la Rosa Arana/Laboratorio de Investigación Multidisciplinaria en Parasitología, Unidad de Investigación Multidisciplinaria, Campo 1, Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán, UNAM
Eusebio Cruz iba tarde a la “chamba”. ¡Otra vez! No era completamente su culpa, pues se había salido con dos horas y media de antelación de su pequeña casa ubicada en Cofradía, Cuautitlán. Nuevas lluvias han traído nuevos baches. Peores lluvias significaban peores baches también. De menos, a cambio de dieciocho pesos, contantes y sonantes, había conseguido llegar a su destino y dormir una “coyotita” desordenada de una hora, junto a los pasajeros de la combi de vidrios empañados.
Salió disparado de la combi y llegó en un parpadeo del paradero al metro. Planeando entre los locales, que son antesala obligatoria del viaje en metro, Eusebio dedicó no más de veinte segundos al deber más importante del día, los “sagrados” alimentos. ¿Qué se iba a echar a la panza para alimentar a la “lombriz”?… Eso y que el café de marca genérica de la oficina no lo tomara desprevenido. Primero un agua simple y de litro y medio. Al final siempre dicen que nunca tomamos suficiente agua ¿Qué no? La mayoría de los locales de comida no tienen luz, pero parece que las máquinas tragaperras no han cerrado en toda la noche. Calcetines, encendedores y “fayuca”. Es más fácil comprar tabaco de Bangladesh que un tlacoyo (alimento rico en fibra, minerales y antioxidantes1), pensó de momento. O una buena tlayuda de bistec con sus frijoles, lechuga y queso (alimento completo y balanceado, con un gran aporte de sustratos energéticos variados y fitocompuestos2). Eso y llegar a tiempo a su trabajo, bastante modesto en un edificio de oficinas sobre Constituyentes.

Antaño, recién graduado en Administración hoy, “chupatintas” a tiempo completo. Justo por eso había estado pensando hondamente en su salud. Ya no aguantaba las “huarapetas” como antes y su esbelta figura de veinteañero se tornaba cada vez más piriforme, mientras se acercaba cada vez más a los treinta. Todas las noches cenaba algo bueno con sus padres, Josefina y Ernesto. Pero fuera de la casa todo se vale. La cena de ayer “costillitas” de puerco (alimento muy útil para alcanzar los requerimientos diarios de Zinc, Selenio y vitaminas del complejo B3, que al mismo tiempo es considerado como moderado en su contenido de grasas4) con verdolagas en salsa verde (catalogadas como el alimento de origen vegetal con mayor contenido de ácidos grasos omega 3 y 6, bajas en calorías y ricas en vitaminas A, B y C5); lo “mero” bueno, lo “mero” sabroso como diría su “jefecita”, y para el desayuno de hoy, pato “à l’orange” con vino de Burdeos, eufemismo para decir que se había “zambutido” un panquesito y un refresco de cola, pa’ pronto.
A la tarde ya había variedad de opciones de los que escoger, que si unos taquitos de cabeza, que si mejor los de pastor, que vámonos todos a la comida corrida, que sí estaba buena, pero no dejaba de “subir”; ya para el año que viene les va a tocar de a $120 por cabeza… “chescos” aparte. Ese era otro problema, los “chescos”. Su padre era un mecánico muy trabajador, que todos los días comía completo, variado y suficiente como quien dice. “Cheleaba” muy de vez en cuando y no fumaba nunca. Pero tenía un vicio terrible y ese era el estar tomando chesco. Puro chesco. Se desvivía por su chesco, ya tenían en casa hasta cajas de los retornables, esas rojas, para usarlas de banquito. Había adquirido todo tipo de coleccionables y hasta su “madresanta”, muy artesana desde siempre, había conseguido hilar de corcholatas una cortina de cuentas para la cocina. Pero tanto chesco también le había dado el susto de la diabetes6,7. Eusebio había visto a su padre “embarnecer” con los años hasta que hace unos tres años perdió de pronto esa pancita que caracterizaba su silueta, y los bajones de azúcar antecedieron por pocas semanas al diagnóstico de diabetes mellitus tipo 2. Por eso no había día que no le dijera su madre santa “No quiero que andes comiendo “gusgueria” en la calle”.
– Pues si jefa, pero no hay con queso las quesadillas – Dijo para nadie, mientras esperaba para poder subir, ya había dejado pasar dos trenes. Hoy se había perdido el amanecer, pero a las siete menos cuarto ya había aterrizado en las filas del metro Cuatro Caminos. El Toreo pa’ los cuates. No había tiempo.
Abordó el primero que empezó a sonar el timbre de cerrado de puertas, que salió del andén izquierdo. Siempre parece que de ese lado es de donde más rápido salen. Llegando a Tacuba salió junto a la “marabunta” de gente que hacía el trasbordo de la línea 2 a la línea 7 del metro. No era el único que corría por el pasillo que decía No Pase. La línea naranja de Tacuba ofrece un panorama singular, luces anaranjadas amarillentas y gente que se sienta a esperar. Y por ahí perdido estaba el destino que Eusebio andaba buscando. El expendio donde saciar su hambre de pan, necesitaba azúcar y rápido. ¿Qué sería esta vez, unas donitas o un panqué? ¿Galletas, unas mini conchitas, un bigote de cajeta? Buñuelos, cocoles, no faltaban los moños ni las empanadas tampoco, había variedad y generalmente a muy buen precio.
– No, no, no, no – Comenzó a repetirse de pronto, sin tanto convencimiento como le gustaría. Estuvo a punto de detenerse, pero giró a la derecha, dirección Barranca del Muerto. Dio un trago bien hondo a su agua. Tan sediento que se escuchaba. Un hilillo de agua le cayó de la barbilla a la camisa. Suspiró. Casi nunca le fallaba su pancito en la mañana y hoy ya estaba abordando la limusina naranja sin el roce del celofán en las manos. Qué raro. Es como dicen “Es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”. Contrariado, no prestó mucha atención al viaje. Ni siquiera sacó su celular para conectarse al wi-fi del metro. En vez de eso se aferró bien a su agua, dándole traguitos, mientras escuchaba a dos señoras que conversaban en voz alta. Que si al licuado de piña con nopal le echaron perejil. Que si remojan o no remojan la avena. Que si lavaban o no el pollo. Debates en los que cada quien podía tener una opinión cualquiera (excepto el del pollo 8), hasta que finalmente captaron la atención de Eusebio que se hallaba hasta este momento completamente disociado en sus pensamientos y propuestas personales para enriquecer el debate.
– ¿Pero qué crees Elvira?
– Dime Martita
– Me dijo mi niño que ya no hay que comprar en la tienda, que todo está lleno de venenos.
– Ay ¿cómo te va a decir eso el Miguelín, si es un escuincle?
– No, no escucha. Es que me dice que ya nada de lo que una compra en las de abarrotes es bueno para la salu’. Que todos los colorantes y los endulcorantes que les echan son bien malos9, yo por eso te digo.
– Pero pues si es lo único que venden, ni modo que envenenen a todos ¿Al rato quien les va a comprar si se mueren todos?
– Ese es el problema que no nos morimos pero nos enfermamos man’ta. Ya ve que Don Cirilo le dió hígado graso, seguro que porque nunca quiso dejar las carnitas ni su refresco de a litro10. Y escúcheme…
La plática hasta ese momento no salía de las cosas que Eusebio ya sabía. Los colorantes alimentarios dañan el desarrollo neurológico de los niños11, los recubrimientos de los empaques alimenticios contienen BPA’s (Bisfenol A, pero en corto), que actúa como un disruptor endocrino12, y el jarabe de maíz de alta fructosa es como un gancho para el hígado13. Todo de puro andar en el “feis”, ja. Había escuchado de todo esto pero no lo conocía a profundidad realmente. El cambio en Eusebio comenzó a asentarse cuando escuchó la réplica de doña Elvira, mientras seguían atorados en la estación de Polanco con las puertas abiertas.
– Bueno… si han de ser malos… pero también hay que pensar en qué otra cosa come la gente, Martita. Te ha de hacer más daño que no comas bien a que de vez en cuando te des un gustito… a ti bien que te gusta bajarte las quesadillas con un refresquito y un postre pero no por eso te digo que estés enferma, o que te vayas a enfermar, Dios no lo quiera.
Las puertas del vagón se cerraron y el metro volvió a andar. A sabiendas de que tenía que bajarse eventualmente, no quiso alejarse de la conversación en el asiento doble. En el lugar reservado, un señor de edad avanzada leía en el número de Selecciones del mes una historia de fraude cibernético, cada vez más frecuente y peligroso en su sector etario.
– Poooor eeeeeeso man’ta. Mira, imaginate que te metes a la de abarrotes de Los Tres Hermanos, chatarra por la izquierda, chatarra por la derecha. Lo único bueno que tienen es el queso canasto.
– Y a ver si no es imitación, eh.
– Exacto, exactamente.
¿Cuántas verduras, cuantas tortillas, cuantas costillitas de cerdo no habría comido Eusebio en su vida por andar comiendo chucherías en la calle? ¿Cuántas veces se comió un jugo congelado con gomitas en lugar de una manzana?
– Y todo suma en esta vida, también hay que tener eso en cuenta.
– Exacto, muy cierto también. Yo por eso a mis chamacos siempre les digo…

El chisme seguía, pero Eusebio ya no estaba ahí. Pensaba alocadamente en la vida que llevaba y el tiempo que había pasado. Que había perdido. Los tópicos más aleatorios se atropellaban en su cabeza sin que él los pudiera detener. ¿De qué nos sirve el dinero? Si no podemos comer bien. Si no podemos vivir bien. El señor a su lado, ignorando todo esto, cambió de página, de la cual antes de bajarse corriendo porque ya habían llegado a su estación, Eusebio leyó: Terminadamente, de manera independiente a la población, la mejor dieta es aquella en la que se come de manera variada y suficiente. Sin excesos en el consumo de carnes rojas, y que preferiblemente acompañe cada comida con una generosa porción de vegetales. Era un artículo acerca de las bondades de una dieta apropiada para mantener una salud integral para el bien envejecer. Que hombre tan bien informado. Subió las escaleras a prisa, el atasco en Polanco se había comido su “colchón” de tiempo así que tendría que compensarlo corriendo a la oficina. Respirando muy hondo en cada par de zancadas, Eusebio decidió ese día que había que hacer grandes cambios en la manera en que se alimentaba. No había de otra. Se miró la panza. Tenía que admitirlo, ya tenía panza. Llegó sin aliento pero llegó justo a tiempo para ver a su jefe bajando de un automovil compacto negro, seguramente un conductor de aplicación. Se sonrió al ver a Eusebio recuperando el aliento frente a la entrada.
– ¿Qué pasó Cruzito, te echaste una carrera? Ahorita te veo, hay junta, ¿eh? Traete algo pa’ llenar la muela y le caes en cinco.
Y después de dicho esto, echó el trote hacia el interior del edificio. Un tipo divertido el licenciado. Eusebio se hizo aire con la mano, ya recuperado pero acalorado de todas formas. Algo atípico sucedió entonces. No tan singular en la Ciudad de México en general pero sí inusual en la Ampliación Daniel Garza, principalmente porque nadie les compraba. Pero aún así, el grito de un vendedor ambulante se dejó escuchar de lleno detrás suyo. Manzanas, una bolsa en treinta, dos en cincuenta. Una bolsa en treinta, dos en cincuenta.
Sin pensarlo Eusebio metió la mano en el bolsillo y sacó un billete de ajolote y unas monedas. Intercambiaron bienes sin decirse nada y separaron sus caminos. Eusebio se sonrió, se secó el rostro con la manga y se felicitó por su buena suerte. Todavía necesitaba azúcar. Pero la iba a obtener de otra forma.
Para Saber más
- División de Análisis de Productos. (2021, 18 junio). El poder de. . . El tlacoyo. El Poder del Consumidor. Recuperado 23 de septiembre de 2025, de https://elpoderdelconsumidor.org/2021/06/el-poder-de-el-tlacoyo
- División de Análisis de Productos. (2020, 31 julio). El poder de. . . La tlayuda. El Poder del Consumidor. Recuperado 23 de septiembre de 2025, de https://elpoderdelconsumidor.org/2020/07/el-poder-de-la-tlayuda
- FoodStruct. (2025). Pork spare ribs nutrition: calories, carbs, GI, protein, fiber, fats. Recuperado 23 de septiembre de 2025, de https://foodstruct-com.translate.goog/food/pork-spare-ribs?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc
- Centro Nacional de Programas Preventivos y Control de Enfermedades. (2010). Guía de Alimentos para la Población Mexicana (2010.a ed.) [PDF]. https://www.imss.gob.mx/sites/all/statics/salud/guia-alimentos.pdf
- División de Análisis de Productos. (2020a). El poder de. . . La verdolaga. El Poder del Consumidor. Recuperado 23 de septiembre de 2025, de https://elpoderdelconsumidor.org/2020/03/el-poder-de-la-verdolaga
- Ding, P., Yue, W., Wang, X., Zhang, Y., Liu, Y., & Guo, X. (2024). Effects of sugary drinks, coffee, tea and fruit juice on incidence rate, mortality and cardiovascular complications of type2 diabetes patients: a systematic review and meta‑analysis. Journal Of Diabetes & Metabolic Disorders, 23, 1113-1123. https://doi.org/10.1007/s40200-024-01396-5
- Gregg, E. W., & Albright, A. (2015). Compelling evidence linking sugary drinks with diabetes. BMJ, 2015(351). https://doi.org/10.1136/bmj.h4087
- Mastache-Maldonado, M. (2024). Pollo crudo, epidemiología y neurociencia: el fenómeno Guillain-Barré. Nexos, https://ciencia.nexos.com.mx/pollo-crudo-epidemiologia-y-neurociencia-el-fenomeno-guillain-barre.
- Asensi, M. T., Napoletano, A., Sofi, F., & Dinu, M. (2023). Low-Grade Inflammation and Ultra-Processed Foods Consumption: A Review. Nutrients, 15, 1546. https://doi.org/10.3390/nu15061546
- Bian, X., Chi, L., Gao, B., Tu, P., Ru, H., & Lu, K. (2017). Gut Microbiome Response to Sucralose and Its Potential Role in Inducing Liver Inflammation in Mice. Frontiers, 8. https://doi.org/10.3389/fphys.2017.00487
- Llewellyn, G. C., Penberthy, J. K., & Parker, J. M. (2020). Food Color Additives in the US Food Supply: Review of Neurobehavioral Safety. Journal Of Pediatric Neurology And Neuroscience, 4(1). https://doi.org/10.36959/595/409
- Dalamaga, M., Kounatidis, D., Tsilingiris, D., Vallanou, N. G., Karampela, I., Psallida, S., & Papavassiliou, A. G. (2024). The Role of Endocrine Disruptors Bisphenols and Phthalates in Obesity: Current Evidence, Perspectives and Controversies. International Journal Of Molecular Sciences, 25(1). https://doi.org/10.3390/ijms25010675
- Sadi, G., Ergin, V., Yilmaz, G., Pektas, M. B., Yildirim, O. G., Menevse, A., & Akar, F. (2015). High-fructose corn syrup-induced hepatic dysfunction in rats: improving effect of resveratrol. European Journal Of Nutrition, 54, 895-904. https://doi.org/10.1007/s00394-014-0765-1

